Por la mañana íbamos a desandar el camino que tres días antes habíamos realizado. Nuestro punto de destino era un Resort en Varadero. Ya sabíamos que, a pesar de las escasas dos horas de trayecto (alrededor de 145 km), nos iba a tocar hacer una parada de tiempo indeterminado, que íbamos a ver a lo lejos las no tan turísticas playas del Este, que el paisaje nos iba a impresionar cruzando el puente de Bacunayagua desde el que apenas se podía divisar el fondo dada la altura, en pleno valle de Yumuri, y atravesaríamos no sólo parte de la región de Matanzas sino la propia ciudad que cuenta con una pequeña playa urbana y que es poseedora de varios nombres: "la Venecia Cubana", "la Bella Durmiente" o la "Atenas de Cuba"; y así hasta llegar a Varadero, una especie de lengua de arena de la que las grandes cadenas hoteleras se han apoderado. Nuestra impresión era la de que podíamos estar en cualquier ciudad costera turística de nuestro país, o de la Riviera o de Punta Cana, porque, salvo el color del mar, todas son hechas a imagen y semejanza.
Lo cierto es que cuando llegamos allí nos envolvimos en su ambiente y, entre bromas y no bromas allí estábamos bailando sin parar y dejándonos llevar por el ritmo caribeño cual capítulo de los Simpson.
La verdad es que descansar unos días en esas magníficas playas es recomendable y muy relajante. El calor es más soportable bajo un sombrilla de rama de palma real, el árbol símbolo de Cuba. Allí puedes disfrutar no sólo del clima si no de los deportes acuáticos: submarinismo, kayak, snorkel ... La verdad es que no hay tiempo para el aburrimiento (y, por cierto, tampoco hay que ser un experto en la materia, vale con ser un tanto "atrevidillo").
No obstante, somos una familia inquieta y, nuestra impresión era que no nos habíamos ido hasta tan lejos solo para eso y que necesitábamos explorar otros territorios por lo que decidimos emprender viaje o aventura hacia otra zona en una excursión eminentemente natural: Guamá, la Ciénaga de Zapata (reserva de la biosfera) y una playa de Bahía Cochinos era nuestro punto de destino. Cuando atraviesas la provincia de Matanzas, puedes observar cómo viven los cubanos: unos del azúcar (sector que atraviesa problemas por el bloqueo), pequeñas factorías y cómo no, el turismo. Y mientras tanto te van contando cómo fue la colonización y, sobre todo, cómo por esa zona se produjo la primera derrota de EE.UU en America Latina, allá por el año 1961 cuando intentaron los norteamericanos la invasión por Bahía Cochinos.
Lo que vimos es que esa zona es naturaleza en estado puro y tuvimos el privilegio de ir en lancha por los canales de la Laguna del Tesoro, de espesa vegetación donde habitan multitud de truchas y unos cuantos cocodrilos que dicen que por el día se esconden huyendo de los humanos. Llegamos a una isla recreación artificial de un poblado taíno donde las cabañas y las esculturas nos transportan a los tiempos en los que vivieron esos indios por la zona. Y la anécdota la pusieron cuatro "habitantes" de la zona que con la llamada del cuerno (guamo) nos adentraron en una de las cabañas sometiéndonos a una especie de "ritual" con pintado de la cara en barro incluido y previa colaboración económica.
Seguimos con nuestra excursión por diversas partes de la naturaleza cubana y ahora nos tocaba el mar. Fuimos a Playa Punta Perdiz a practicar un poquito de snorkel. Lo cierto es que es una pena el que se esté convirtiendo en un sitio tan turístico, me recordaba a Xel Ha en México donde he estado dos veces con 25 años de diferencia y donde parece que los peces se van escapando o desapareciendo poco a poco por la presencia humana; algo habría que hacer al respecto para evitar el impacto humano sobre su hábitat natural. No obstante, disfrutamos de los peces de colores que quisieron compartir con nosotros este tiempo de asueto y diversión en familia.
Nos faltaba un alto en el camino, en la finca denominada "fiesta campesina". Realmente la impresión que nos produjo es que es un lugar preparado para que los turistas pasen un rato y gasten unos cuantos cucs. Diversas especies animales y vegetales, eso sí, muy bien señalizadas pero un tanto artificial en lo que a su modus vivendi se refiere.
Y ya regresamos a casa, quiero decir, al hotel. Y aquí nos ocurrió algo curioso y es que era como si fuéramos todo el tiempo tras la lluvia, por todos los lugares, poblados y ciudades que pasamos, vimos grandes charcos de agua, bueno lo de charcos es un decir puesto que algunos parecían más bien riachuelos. Y entonces fuimos conscientes de que por aquellas tierras cuando llueve, llueve y no es precisamente txirimiri, y que en nuestro hotel había caído de lo lindo convirtiéndose parte de los jardines en casi pequeñas lagunas artificiales.
Tras la tempestad llegó la calma y junto a ella el final de nuestras vacaciones, apenas nos quedaba día y medio en Cuba, tiempo para descansar, disfrutar del Caribe y saborear su calma. Luego ya llegaría el estrés, el trabajo, el frío de nuestra tierra....
