miércoles, 26 de julio de 2017

Viaje a Cuba: La Habana (Parte 1)

A pesar de que este verano se nos presentaba complicado para irnos de vacaciones, una tediosa tarde de sábado, sentada en el sofá, cuando parecía que quizás podríamos disponer de unos días de descanso, Cuba se nos apareció en forma de oferta.
Cuba era uno de esos destinos que teníamos en el haber y que, aunque no era nuestra primera visita a tierras caribeñas, tenía su atractivo por aquello del régimen y del bloqueo (algo que no habíamos tenido la oportunidad de vivir in situ).
Y allí aterrizábamos en el aeropuerto de Varadero una tarde de martes del mes de julio "felices los cuatro" que parece que se iba a convertir en nuestra banda sonora (Marina de 21 años, Celia de 18 y Carlos y yo que no cumplimos los 50).


Nada más montarnos en el autobús que nos llevaría a la Habana ya teníamos nuestras primeras impresiones: que el tiempo realmente no importa a los cubanos, que la gente vive de forma muy humilde y que aquello de los "autos" antiguos no es ningún mito. ¡ Ah! y que el turismo se está empezando a convertir en una de sus mayores fuentes de ingreso y quieren aprovecharlo.
Para un traslado de escasas dos horas hasta La Habana, hicimos una parada de máximo 15 minutos que se convirtieron en algo más de media hora y, allí, nos esperaban los souvenirs, la piña colada o el daiquiri a precio de Europa y los antiguos coches americanos que pasean por doquier como símbolo de un país que vive un presente un tanto anclado en el pasado.
   
 


Y llegamos a La Habana. Lo cierto es que, aunque éramos conscientes de que íbamos con una oferta, el hotel nos defraudó. Se trataba de un establecimiento, construido en el siglo XIX sobre las ruinas del antiguo barrio Las Murallas, que en los años 30 ó 40 dicen era el mejor de la ciudad pero que ha venido a menos y necesita una restauración integral. Por lo tanto, nuestra primera impresión fue un tanto deprimente, no obstante, al haber sido un hotel de abolengo el "loby" como por aquellas tierras llaman al hall nos trasladó a otra época: una gran cúpula de escayola muy decorada, viejos sofás, un ascensor con solera de aquellos americanos que salen en algunas películas y un antiguo piano que sonaba estupendamente, distinto, con sonido cubano. Y es que nada más salir al parque central y adentrarnos en las calles de La Habana Vieja nos dimos cuenta de que Cuba es música, es ruido y es calor, mucho calor. Lo peor, el hedor del que se impregnan algunas calles porque, supongo, el sistema de alcantarillado no es el más adecuado.
A partir de ahora comenzaba la aventura: buscar un local para cenar era el objetivo. El cansancio del viaje, el calor, la desconfianza .... se apoderaban de los cuatro. Sin embargo, en una calle no muy transitada se encuentra el Restaurante El Ángel (no aparece en las guías), moderno, con aire acondicionado (no muy usual por aquellos lares) y con una carta no muy amplia pero muy rica. Volvimos al hotel con la impresión de que no sabíamos dónde nos habíamos metido porque, cuando cae la noche, todo se ve más negro. Y la noche fue ruidosa lo que constató eso que tanto llevan a gala los cubanos de que las horas de sueño te quitan horas de vida (porque para mí que no duermen).
El miércoles amaneció más temprano de lo habitual por lo del cambio horario. Y a la luz del día ya todo era distinto. Desde la azotea del hotel, lugar en el que está ubicado el buffet del desayuno La Habana lucía "bella" y estaba a nuestro alcance para poder visitarla.


Lo hicimos con el "city tour" al que yo era bastante reticente puesto que me parece un poco de "guiris" y, normalmente, se hace una precipitada visita. Pero no fue así. La guía, excepcional, pariente además de Chucho Valdés, nos enseñó con calma, a su ritmo, y con detalle diversos lugares de La Habana nueva y vieja y de sus barrios así como nos dejó degustar café, daikiris y otras comidas y bebidas en algunos de los lugares más emblemátcos.
Partimos desde el hotel rumbo al barrio del Vedado pasando, claro está, por el Malecón construido a principios del siglo XX, amplia avenida de ocho kilómetros y que, según nos informaron, no cumple su verdadera función de contención puesto que en tiempos de huracanes poco puede hacer. Nos bajamos del autobús en la plaza de la Revolución donde mi impresión fue la de que se trata de una plaza tipo mausoleo construida en tiempos de Batista: el  monumento a José Martí (ideólogo de la guerra de la independencia frente a España), el Ministerio del Interior presidido por el Che ("hasta la victoria siempre) y el monumento al revolucionario Camilo Cienfuegos.

                     



Un paseo por la Universidad de la Habana, nido en el que se urdió parte de la revolución sin olvidar un alto en la esquina de 23 y 12, patrimonio nacional puesto que fue el lugar en el que se declaró el carácter socialista de la Revolución y un alto en una tienda de Ron y Tabaco (imprescindible en cualquier viaje a Cuba) para hacer compras y tomar un cafecito. Con todo ello la impresión era de que la Revolución es la auténtica protagonista de la ciudad y que el ritmo caribeño seguía marcando nuestros tiempos.

                                                         



¿Y ahora? Desde mi punto de vista venía lo mejor puesto que nos íbamos a sumergir en las auténticas calles de la Habana, las de la Habana Vieja: la plaza de la Catedral, la de Armas, la Plaza Vieja, la ruta de Hemingway quien vivió allí durante 20 años y dicen "que se lo bebió todo"...
Lo cierto es que no nos dejó indiferente y que, desde mi punto de vista, el recorrido merece un capítulo especial. Por eso lo dejo para mi siguiente entrada de Blog.
No obstante, como decía en la introducción, La Habana es música y es Revolución, fusión que se encuentra en el típico Guantanamera (ya contaré la historia en otro momento) y que tuvimos la oportunidad de escuchar a un grupo de músicas callejeras en la mísmisima Plaza Vieja.



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